No hace falta que sea invierno para encontrar un espécimen de esta extraña civilización humana. Tienden a esconderse entre nosotros, los vivos o más bien dicho, los que aprovechamos los dones de sensibilidad que nos ha dotado la naturaleza. Se ocultan tras sonrisas falsas, comentarios secos y latidos lentos. Siempre se encuentran encerrados en sus rutinarios ecosistemas apagados sin locura alguna. Convenciéndose a sí mismos y, lo más triste todavía, a sus corazones, que tienen motivos por los cuales seguir insistiéndole al motor de su lado izquierdo que siga trabajando día tras día.
Ten cuidado no topes con uno de ellos, pues tienen la capacidad de enfriar cualquier ilusión que se muestre ante su posada.
Una vez más os voy a ser sincera rebelando que yo fui presa fácil para uno de ellos. Mi inocencia, que sigue confiando en la fe de la humanidad, cayó en las garras de una de estas almas congeladas. Os podría contar que el abrazo fue pausado pero doloroso, pues mientras yo mantenía la esperanza de posar una cálida gota en ese bloque construido en hielo, el grandioso iceberg construía un nuevo muro ante mí por tal de esquivar cualquier contacto con una mano amiga. Evitan cualquier roze de afecto por miedo a volver a sentir. Miedo a las decepciones, a los insómnios y al dolor que causa el vacío en el interior de un cuerpo lastimado.Miedo a vivir.
Yo no me creo todo aquello que dicen no sentir,oídos sordos en una función de orquesta constante que es nuestra sociedad; pues es inevitable y surrealista no aprovechar la única oportunidad que nos regala la vida de actuar en esta función que como muchos dicen, no permite ensaños. Mantengo el optimismo de encontrar la ocasión de conocer las paredes del alma de uno de estos gigantes. Arrancar las decepciones que se aferran a su personalidad y derribar de una vez por todas, su muro congelado y así, con suerte, precipitar esa gota cálida de afecto que deseo regalarle con tal de volver a revivir la llama de un principiante y olvidado corazón. -Narrovi
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