A tan solo unos metros, su mirada penetrante ya me persigue como un niño a su juguete. Entre el brillo de sus ojos oscuros y los míos existe un enlace, una fuerza de atracción. Un paso de los míos, supone un veloz movimiento constante de su cola, expresando ese tipo de felicidad que solamente nosotros entendíamos. Me acerco. Mi mano se desliza con ternura sobre su pelaje liso mientras noto sus potentes latidos en la palma de mi mano. De nuevo esa conexión. Me inspecciona con detalle, buscando esa generosidad que me caracterizaba días atrás al traerle comida a escondidas. Se da por vencido y se paraliza. Él sabe que necesito su ayuda. Me coloco justo delante de su rostro; noto un brillo diferente en sus bolas de cristal. Como una mezcla de alegria y tristeza.
Los dos conocíamos la cruda realidad.
Permanecimos en esa posición durante un indeterminado espacio en el tiempo, intentando descubrir que era ese amor que nos unía. No hicieron falta palabras, sus gestos delataron sus pensamientos. Deslizó su pata hasta colocarla cuidadosamente sobre mi mano. Yo también le echaría de menos. Entendió que no me pertenecía, que él ya era objeto de un dueño. Debería acostumbrarse a esa rutina de no poseer mi presencia diaria, sino mensual. Lo visitaba cuando mi agenda me lo permitía y él siempre agradecía mis escapadas.
Nunca antes había sentido esa sensación de saber que nuestras almas eran una aunque nuestras pieles fueran distintas. Era mi punto de comprensión y consuelo en mis ratos más débiles. Mi fiel amigo que arriesgaba su valiosa vida por esa desconocida que solo le podía ofrecer compañía. Esas sensaciones que todo dueño siente al convivir con su compañero de viaje. Pero en mi caso, y ante un dueño incompetente, yo me apoderaba de esos momentos.
Volvió su vista hacia mí. Comprendía que mi visita había llegado a su fin. Asumió que pasarían unos cuantos meses hasta nuestro próximo encuentro y que mientras tanto debería convivir con su real dueño.
No me atreví a girarme por una última vez para proclamar mi despedida,pues entendí que esas eran las condiciones que juré al firmar ese contrato de amistat con él, y creí que ni el tiempo ni la distancia entre los dos, podrían separar nuestros puntos de unión; irrompibles e inexplicables.
-Narrovi

Las despedidas siempre son tristes. Eso hace que los reencuentros sean fantásticos.
ResponderEliminarUna manera diferente de mirarlo :)
EliminarLa majoria part de gossos estan millor projectats que les persones. O ens guia el caos o Déu és un gos!
ResponderEliminar